Foto: Claratinta
Hoy me retiro a la montaña. Belleza,
abre tus entrañas de tierra y musgo fresco y espérame, que mi Medellín está
herida y cansada de tantos excesos, de tantos abusos a su alma juvenil.
Manoseada,
por las calles llora mi pequeña lolita, tan desubicada, tan frágil, pero con
tanto amor en tu pecho. Ese es tu problema; a todos amas, a nadie niegas tu
amor, y te entregas, mi putita, ofreciendo tu dulzura.
A veces te odio porque te haces
guarra, y repugnas a sexo y licor barato, porque todos fornican en ti, y ni
tienen el valor de mirarte a los ojos. Y sé que eso te deja tan vacía, que ni
los guayacanes que tienes como lunares te alegran en esos días amarillos.
Esos
días me conmueven pues estás tan ausente que te busco, y te busco y pregunto, y
nadie sabe de ti, y me da por correr porque dicen que así el alma olvida, pero
ya te metiste dentro; te siento cortando hondo, sin piedad, como sos cuando te pintás de rojo.
Recuerda que cada paloma que vuela sobre
ti, es un cristiano que mataste y que condenaste a vivir cagando, por eso están
siempre cerca a las iglesias, porque rezan, rezan por tu alma para que se eleve
como en otros tiempos, pero no comprenden que no tienes remedio y nunca lo
tuviste, que naciste pulcra, sí, pero esa curiosidad por probarlo todo te llevó
a la subversión y los excesos, y ahora te avergüenzas de ti, y te escondes a
llorar bajo los puentes, sobre los tejados, pero así no es, Medellín. No
naciste cobarde, ya sabes que hay que hundir el puñal y darle vuelta, y déjale
la sangre a los perros o a los poetas.
Saca la libertad que guardaste bajo
tu falda y escote, quítate los zapatos, despréndete de lo palpable, déjate
besar por el viento, por los borrachos, los locos y los niños, no importa que
ninguno sepa hacerlo; su saliva nutre tus calles y tus parques.
Abre tus
ventanas y trae tus olores a jazmín, a plátano, a bus de las seis, a sudor, a
sexo, a tierra, a hierbas, a gasolina, a mierda, a café, a sol, a boñiga, a
boutique, a grama, a guarapo, a cemento, a flores de mango. Deja que te respire
toda, para sentirte mía en un suspiro. ¿Así olerá el inferno o el paraíso?
Porque eres lo uno o lo otro.
No eres la víctima, eres la pistola.
Que a veces dispara a matar, y a veces mata. Y lloras un poquito, para sentir
remordimiento; ese sentimiento tan bonito que te hace sentir mortal. Pero sabes
que no lo eres, por eso sufres.
Sufres, sufres mucho, y eso me llena
de gotitas frías, de lengua pesada, de angustias morales, y me da por hablar de
los años idos, y esos guayacanes que se desfloran como todos lo hicieron
contigo. Por eso huyo, corro rápido porque las memorias me persiguen por tus
calles; quiero ir allí, donde nada me recuerde tus domingos.
Me tienta la idea
de perderme en ti, como muchas veces lo hice, con toda la inocencia del caso.
Pero no, ya no eres para mí, soy cobarde y huyo, y me da miedo regresar y no
encontrarte, o encontrarme con que te dejaste morir, por eso prefiero no regresar,
así mi felicidad se haya quedado mirando por un balcón, buscando el sol que
secó tus lágrimas de plomo.

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