agosto 27, 2015

Epístola 1

Mi pequeño delirio

El mundo se derrumba y tu sigues sonriendo
y yo, que ya no siento, estoy muerta.
Mis manos no crean, y apenas hay fuerzas para dibujar una caricia.
El arte jode, no te salva -me repetía-
¿arte o salvación?
De prenderme a una, elegiría la primera
y que esta, -otra vez- me matase.
-¿De qué ha muerto?
-De arte.
Y así todo tendría más sentido.

Te regalo mi cuerpo. Tómalo. No sé qué hacer con él. No me sirve mucho cuando estoy muerta.
Un día tal vez renazca leve, y me cuelgue de tu sonrisa.
Y verás que soy más que un montón de huesos y sueños muertos.
Pero ahora dime, amado,
¿Los muertos también lloran?


marzo 04, 2015

Libre

Que tiene facultad para obrar o no obrar.

Que no es esclavo.

Que no está preso.

Licensioso, insubordinado.

Atrevido, desenfrenado.

Disoluto, torpe, deshonesto.

Suelto, no sujeto.

Exento, privilegiado, dispensado...

Todo esto y más cabe en una palabra.

Indiscutiblemente nunca cabrá en un ser humano.

Dejemos de fingir.


febrero 25, 2015

Paraíso-cárcel

***
Así está bien, Medellín.

Tus montañas me envolvieron en su abrazo húmedo cuando nací. El verde hacía gala para donde fuese que mirara. Pasaron los años y no resistieron al deseo de sentirse adultas, cubiertas ya de ladrillo, cemento y latas.

Ya no siento tu perfume de tierra fresca y boñiga en los potreros, porque en el afán de creerte ciudad, te vestiste de asfalto para estar a la altura de tus sueños.

Acá sigo, en este paraíso-cárcel. Decidí andar cabizbaja para no ver tu mutación, hasta el día en que pueda escapar para siempre.

En ti nazco y muero con cada día. No me he ido, pero hace quince años que te extraño y hace otros pocos no me reconozco en tí. Mi mente ya no puede estar contigo, pero el cuerpo… con el pesado cuerpo no sé qué hacer.

Le he preguntado a tus montañas, pero estamos hechas del mismo silencio. 

Soy no más que un bulto de tierra salido de tus entrañas. Sé camuflarme en tí; me dejo llevar por el viento, lloro con la lluvia y ardo en furia con el sol. A veces contigo despierto pura, con nuevos aires, y al correr el día me voy volviendo mundana y opaca y con la tarde me dejo morir.

A veces grito. Un grito sucio de tierra que no te alcanza, que no te llega.

Silencio. Entiendo que solo eso me puedes dar. Pero así está bien, Medellín. Entre tú y el silencio, me quedo con tu ausencia.

***
Foto: Claratinta

febrero 09, 2015

Magdalena no quiere fumar

Magdalena no fumaba marihuana porque se le trababan los pies “¿y así quién baila, papi?”, me decía guiñándome un ojo, y era más esa mirada que la hierba misma la que hacía que el mundo se desvaneciera y solo quedase ella haciendo un ramillete con las flores de su falda, dejando al descubierto un poco más de su piel besada por el sol para entregarse al guaguancó con más libertad.

“Pero vení que no más le cojo el sabor”, decía sin dejar de bailar, y me estampaba un beso con el que parecía quererme robar el alma por la boca; y me mordía un poquito y yo moría un poquito y con un golpecito de cadera me mataba de nuevo el ojo mientras se peinaba inútilmente su cabellera de tormenta y con el pregón “¡Agúzate Miguel!” se marchaba, dejándome ahí, vuelto una picha.

enero 18, 2015

Marcelo el traga dedos


A Marcelo le gustaba comerse las uñas. A veces no se aguantaba y se las comía con dedos y todo. Para dichas emergencias guardaba en su cuarto guantes de enfermera con los orificios de los dedos rellenos de algodón.

Tenía que pasar semanas para que estos crecieran y recuperaran su apariencia normal.

Doña Carmen, su madre, estaba convencida de que su hijo soñaba con ser doctor cada vez que éste usaba los guantes.

Marcelo veía cómo le brillaban los ojos a su madre mientras él intentaba hacer las tareas con los guantes de látex y no lograba más que mamarrachos confusos.

-Le sacó la letra al papá- diría en una ocasión Doña Carmen, sintiéndose dichosa de que su hijo siguiera los pasos de su padre, quien era un reconocido médico de la ciudad.

Marcelo sintió miedo, pues su sueño era ser artista.

De un tirón se sacó los guantes y su madre presenció la terrorífica escena de unas manos infantiles desprovistas de dedos.

-Yo no quiero operar gente, ni ver sangre, ni curar enfermos. Yo lo que quiero es ser artista y tener las uñas largas para tocar guitarra todo el día.

Dicho esto, Carmen cayó desmayada.

Marcelo con el tiempo aprendió a dedicarse a su arte para no tener la tentación de comerse las uñas -ni los dedos-, a pesar de la decepción de su madre.

noviembre 25, 2014

Días de marejada

Mariadelmar no podía hablar. Su palabras naufragaban al convertirse en ideas o quedaban ancladas en su boca. Había días de marejada en los que las olas subían hasta desbordarse por sus ojos. Mientras más quería decir, más subía su marea. Luego llegaba el sol a calmarlo todo, e intentaba cantar, pero solo espuma salía de sus labios.

En las mañanas Mariadelmar jugaba con las gaviotas, en las tardes soñaba con ser sirena y al caer el sol imaginaba piratas buenos que la visitaban para tomar el Milo y tratar de descifrar juntos el secreto de los caracoles.

Pero las gaviotas dejaron de volar, las sirenas no existían y los piratas querían más que Milo e historias.

A raíz de esto vinieron tiempos de tormentas. Todo se inundó, y Mariadelmar quedó convertida en isla. 

Así vivía sus días; rodeada de agua salada. De cuándo en cuándo el mar se serenaba y arribaban a sus playas barquitos de papel con los que jugaba hasta quedarse dormida.

octubre 28, 2014

Y Santaolalla nos hizo felices

Fotografía Sara Jurado

Siempre lo imaginaba con su ronroco en brazos, tocando esas melodías casi celestiales, para cerrar los ojos y respirar hondo. Pero hace unos días conocí la faceta rocanrolera de Gustavo Santaolalla. Fue luego de una buena charla con Santiago Rivas, que terminó en un emotivo y casi que concierto privado en el Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín.

Estuve en primera fila junto a unos jóvenes que se retorcían en sus sillas conteniendo la euforia que les causaba tener al maestro a un par de metros cantándoles algo que por encima, se notaba que para ellos era mucho más que una simple canción. Yo sin más, me dejé contagiar y me entregué a las delicias musicales.

No importó que alguien del público se montara a tocar con él y lo haya hecho horrible, Santaolalla nos contagió, haciendo abrazar a la gente de alegría. Con este personaje al frente y los otros a mi lado, yo salí más leve, llena de buenas melodías, una bonita charla y la certeza de que la música nos transforma la vida.

Esto fue lo que registré ese 9 de octubre. Ando Rodando, Gustavo Santaolalla.

octubre 20, 2014

El beso de papel

El papelito, con unos labios rojos dibujados a mano, valía mil pesos. Era el último grado del colegio y necesitábamos recoger dinero para el viaje de grados. Mis amigos y yo tuvimos la grandiosa idea de vender besos en los recreos. Para evitar ser sorprendidos por la mojigatería del profesorado, escogimos un lugar poco transitado entre los pasillos. 

De voz a voz se difundió la oferta, y esa misma tarde fueron llegando, curiosos y curiosas por igual. Fue tal la acogida, y éramos tantos, que para no llamar la atención de los profesores, se hicieron las ventas y se le asignó un día y una hora a cada cliente, que tenía la libertad de escoger la boca que quería besar. 

Desde ese momento, el lugar se inmortalizó como “la escalera del beso”, siendo, peldaño tras peldaño, testigo de ruborizados besos adolescentes, quienes escapaban de los salones para cumplir, furtivos y nerviosos, la cita con los labios escogidos.


La abogada del beso, como le pusimos a la compañera que nos avisaba cuándo debíamos cumplir con alguna cita, nada que me llamaba. ¿tan poco deseable era que ni una niña quería un inocente beso mío? no podía ser así; no era el más atractivo, pero tampoco el más gurre. Hasta Cachalote ya había cumplido con dos citas. Fui a hablar entonces con la abogada para salir de dudas sobre mi caso.


Bajo sus gafas de abogada buscaba en la libreta.

Pinto… no te veo, amigo. Parece que nadie compró tus besos.

En ese momento, mi corazón y mi ego se rodaron por las escalas y quedaron aplastados sobre el frío baldosín.

Soy indeseable, le dije casi haciendo un puchero.

Pero la abogada del beso mentía.

Ante un movimiento torpe, de su falda salió una lluvia de besos de papel, que fueron a caer entre sus pies y los míos.


Por una cara beso, por la otra las cinco letras mágicas: 

p i n t o.

¿Por qué no me dijiste?


Ella solo pudo morderse los labios mientras contemplaba los besos robados que nunca se dieron cita bajo la escalera.



julio 01, 2014

El suicida cobarde

Ya se ha pasado mi momento. Soy el cobarde. Hace mucho dejé de ser el poeta, y fue en busca del momento perfecto que se fueron pasando los meses, los años, las ansias; contemplé la muerte, la llevé de la mano, pero nunca la miré a los ojos.

El cénit de todo escritor suicida era ése: una muerte poética; pero el soñar con la perfección me convirtió en cobarde. Ahora me vivo muriendo.

Rocinante fue el primero. Éramos jóvenes llenos de adrenalina y locura. Los demás pelados del pueblo nos guardaban respeto por temerarios. En el Salto del Ahorcado las reglas las ponía quien se atreviera a lanzarse desde lo más alto. La corona, sin duda, siempre la tuvo Rocinante; alto, cuerpo atletico, pelo largo, belleza excéntrica; corría como caballo desbocado; de ahí su apodo. Había que verlo en la finca de don Gregorio Silvestre -un viejo huraño que un día le dio por quemar su casa-, robando los racimos de plátano y salir como un tiro mientras el anciano le apuntaba a los pies con su escopeta.

El Salto del Ahorcado era nuestro charco. Las niñas no asistían al ritual por una norma inquebrantable: quien quisiese darse un baño, debía despojarse de todo lo palpable. Luego descubrimos que el Rocinante sentía gran debilidad por el mismo sexo, y así tenía a diario su más dulce capricho: un desfile de nalgas apretadas y cuerpos virginales dorados por el sol del Valle nadando, trepando rocas y cogiendo mangos y guayabas de los árboles.

Zurriago, de genio templado y mirada fulminante, fue el segundo. ¿Cómo amaneció, Santiago? le preguntaban las señoras cuando pasaba en la mañana por la plaza. Casi de buen humor, respondía con el ceño fruncido sobre un bosque uniceja. Las señoras se morían por él; lo querían de novio para sus hijas y de amante para ellas. De porte y garbo, poseía un humor exquisito que deleitaba a las mujeres, las únicas que podían suavizarle el temperamento de escopeta. Tenía una espalda en la que le cabían dos costales de café, un racimo de plátanos y tres docenas de suspiros.

Rocinante era monaguillo de la iglesia y un trepador excelente. El pacto entonces lo cerró antes de la misa de seis de la mañana; escalando hasta la cima del campanario, se amarró a la soga con la que hacía sonar todos los fines de semana la vieja campana. Esa mañana tocó antes de tiempo, invitando a los habitantes del pueblo a presenciar el trágico espectáculo. El cura llegó cuando Rocinante todavía relinchaba, luchando con su vida, pero ya no había forma de domar al potro.

Tres meses después, cuando el pueblo apenas empezaba a salir del silencio en que quedó sumergido desde tal evento, pasé por Zurriago a su casa para caminar hasta la escuela. Era el último día de clases y los ánimos andaban eufóricos. Cuando faltaba una cuadra para llegar, sentenció habérsele olvidado algo importante. Lo esperé en una esquina.

Nunca volvió. Hubo que raspar la pared del cuarto pues su sangre era espesa como su genio y penetrante como su mirada.

Cuando escuché el tiro quedé helado: entendí que yo era el siguiente.

¿Cuál sería el mejor momento para morir? me invadió la tensión y huí a la ciudad, creyendo que esta me mataría, pero su rudeza termina haciendo costra y la soledad anida justo aquí.

Mientras espero que pase esta agonía que no termina, escribo poemas a mis amigos idos anestesiando la mente y haciendo del corazón una coraza. Pobre de mí, suicida cobarde.

junio 05, 2014

Diálogos en mi interior


Libia Posada. Fotografía tomada de elmamm.org

Disgustado después de haber ido a una exposición de arte, un amigo un día me planteó esta idea: desde su visión como periodista, expresó que una obra de arte debe ser como un artículo periodístico; donde cualquiera que fuese el género o estilo, éste debía comunicar una idea clara que el lector tenía que entender. Este sería el principal objetivo. Así pues, en otras palabras, decía que, como en el periodismo, si dicha obra no atrapaba la atención del espectador y este no la entendía, había algo mal, no servía.

Es la escritura un arte delicioso, pero no es preciso compararla con “otros tipos de arte”; en lo personal, las artes plásticas y visuales son las más complejas y las más libres, según como se le quiera ver, porque es esa libertad lo que a veces las hace incomprensibles, pues estamos acostumbrados a que nos encasillen y nos señalen lo “bueno”, lo “culto”, lo “bello”, lo “feo”. Tal vez por eso mi amigo se sintió ofendido, asqueado, engañado cuando vio “un man que pintaba con semen, y ni siquiera eran cosas bonitas”, ¿Sementerio? le pregunté, pero nunca supo de qué se trataba.

A mi amigo quiero responderle que no, no es preciso hacer dicha comparación. El receptor de la obra, en este caso, está en completa libertad de interpretar a su gusto lo que contempla; de hacer o rehacer, en su cabeza, su propia obra a partir de su experiencia y percepción, y que puede o no tener un bagaje de educación artística.

Lo más importante está en que esa instalación, esa pieza, esa obra, cree sensaciones. Por eso para el mencionado periodista, diría, no fue en vano la rabia que le causó ver a este artista.

¿A qué vamos a los museos, a las galerías de arte? ¿entramos predispuestos a ver una exposición? Ya lo dijo la artista - médica Libia Posada, no vaya a ser que estemos percibiendo al museo como lugar de recreación, de entretenimiento, como vamos a un centro comercial: “Hay gente que entra a una exposición y cuenta: hay dos desnudos, una montaña, un sombrero y unas alpargatas… ¿para qué? al otro día no van a recordar nada”. Dice ella preferir al que entra y enseguida sale con rabia porque pagó ocho mil pesos por decepcionarse, al que parece querer acumular imágenes sala tras sala a tiro veloz.

Este rabioso quien se llevó una sola imagen, y no entendió el sentido, no se le olvidará su experiencia desagradable fácilmente. Así, puede que se lo cuente a sus hijos, y luego a sus nietos, y puede que uno de ellos, entienda. Solo por eso, puede valer la pena.

Gracias a la rabia de mi amigo, y a las palabras de Libia Posada en la exposición Reserva Expuesta y su curaduría de El Cuerpo, en el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), yo entendí algo más de eso tan inexplicable y simple que es el arte, o por lo menos, lo disfruté más y me alegré de esa rabia tan sincera que creó diálogos en mi interior.

enero 20, 2014

Raúl Gómez Jattin

Todas estas flores perfumadas en mi regazo
son para derramarlas en tus ojos de loco
en tu barba de amanecido
en tu ombligo de pasiones

flores blancas y amarillas para hacerte una corona
como príncipe del palacio perdido
errante de calle
de polvo y polvos
y coronarte, poeta desdichado,
caballero de la soledad.

enero 22, 2013

Confesiones de una flaca



Nadie quiere a las niñas enflaquecidas. Los hombres aman la generosidad de las carnes femeninas, nalgas y senos que quieran salirse de sus ropas; exuberantes, caprichosos, subiendo y bajando a cada paso bajo la mirada complacida de ellos.

Nunca ha hecho ninguna clase de dieta para adelgazar. Es fanática al helado, al chocolate y a la cerveza. Le importan un pito las calorías como los comentarios de la gente. Pero también está cansada.

Comentan sobre cómo se ve; la han relacionado con enfermedades que ni conoce. Que no debe trotar ni montar en bici porque se desaparece. “Me acuerdo de la de antes”, dice su amigo decepcionado, como si por un poco menos de grasa y músculos, ya fuera otra.

Cómo se ve. Siempre es lo mismo. Cómo se siente, parece a nadie importarle. Seguro no es a la única a la que le ha pasado. 

¿Por qué entonces se valora a una mujer? 
A ella le pasa con la flacura, a otras con la gordura. No importa, es lo mismo. Solo quieren que seamos perfectas, que nos veamos perfectas. Que nos sintamos perfectas ya es añadidura.

Ella, que soy yo o cualquier mujer, repudia las sociedades donde el cuerpo femenino es para exhibir, pero solo si es socialmente aceptado, de medidas “políticamente correctas”. Donde ser gorda es vergonzoso y ser flaca es escandaloso. Donde importa más cómo te ves a cómo te sientes.

No importa cómo era antes, ni cómo es ahora. Siempre ha sido feliz. Y es lo único que debiera importar.

noviembre 29, 2012

El narigón

Grande se asoma como queriendo dar sombra.

No es la mirada, ni las cejas apretadas y espesas, ni esos labios secos y fruncidos con aspecto de pocos besos. 

Si acaso las orejas, que nunca pararon de crecer y cuelgan desvergonzadas a cada lado de la cabeza y sirven más para posar cigarros que para escuchar consejos que no dicen más que las canas que lleva encima. 

Pero no. 

La nariz ha sido siempre la que le ha dado el carácter a los individuos. 

Él lo sabe. O mejor, ni le importa. Pero sabe llevarla con gracia mientras ésta le señala su horizonte.

Ella no entiende de modales ni etiqueta. 

Se abre plácida y aspira cuanto puede.

Se hunde en la copa de vino, 
en el pan caliente, 
en los libros viejos, 
en las flores de su vecina, 
en el cuello de su amante, 
en la cabeza de su hijo. 

Recuerda cuantas otras narices estripó torpemente en la búsqueda de un beso. 
Se volvió experta recorriendo cuellos y espaldas, jugueteando en ombligos y exhalando placeres a oídos.

Sintió el frío del invierno, la dulce tibiez de dormir entre unos senos, el ardor de un sol rabioso.

Tuvo visitantes inesperados; la sangre invitada por un golpe, el jugo del almuerzo invitado por una carcajada.

Suspiró cada noche por un anhelado imposible. Se disfrazó y fue nariz de león y nariz de payaso.

Repudió la cebolla. Amó el chocolate. No le importó que todos hiciesen lo mismo; ella lo supo hacer como ninguna.

Padeció la adolescencia, vivió complejos de superioridad. Sufrió burlas y crisis existenciales. Luego aprendió a vivir con su grandeza y se enamoró de quien supo ignorarla.

Al igual que sus compañeras orejas, nunca paró de crecer. Sus ganas de salir adelante, nunca la abandonaron. 
Hasta que un día, agotada, dejó de respirar.



noviembre 27, 2012

Mi niño interior

-Cuentos para leer dormido-

Una vez me llamaron infantil.
Mi niño interior le agradeció y comenzó a saltar y hacer estragos feliz.
El hombrecito, que pretendía ofenderme, creyó que me burlaba, y de la rabia se fue haciendo pequeño hasta que desapareció.

Mi niño interior quedó solo con un montón de historias, paisajes, maldades y carcajadas amarrados, que el hombrecito no supo abrir.