Margarita Palmqvist Jaramillo es una joven de 29 años de padre sueco y mamá colombiana. Vive en Japón hace un par de años y me contó su vivencia en la actual tragedia que se vive en éste país.
El martes 8 de marzo me subí en un bus en Tokio. Después de 2 horas y media de camino, llego a Iwaki, donde me recogen y manejamos una hora hasta Samegawamura, Fukushima, para pasar unos días de vacaciones pues mi trabajo como profe de inglés todavía no comienza. Mi destino es la granja de unos amigos a la que van niños que tienen problemas en sus casas y no pueden o quieren ir a la escuela.
Ese día y el siguiente, todo es normal. El jueves llegó un temblor, y eso que en esa finquita es muy extraño que tiemble, pues queda en una montaña como a 700 metros de altura. Éste temblor fue un 3 en la escala Shindo japonesa. La escala Richter y la escala Shindo son un poco diferentes. Oí que un 4 aquí en Japón es como un 5.4 en la escala Richter.
¿Terremoto? ¿Aquí? Estábamos aterrados. Al darnos cuenta que era muy suave, seguimos en nuestras tareas como si nada.
El viernes teníamos una fiesta de despedida de dos de los niños que empezaban su bachillerato y se iban a vivir con sus padres. Estábamos 18 personas en la sala, eran como las 3 de la tarde y habíamos terminado de comer, cuando llegó un temblor. Todos se asustaron. ¿Terremoto de nuevo? Pero ahí mismo nos dimos cuenta que no temblaba de lado a lado, si no de arriba para abajo... ¡Y eso sí que es peligroso! Es señal de que el terremoto es grande. Las cosas comenzaron a caerse; platos, ollas, libros, la tele ¡Todo! Entonces salimos de la casa corriendo en pánico, sin zapatos, porque aquí en Japón se quitan los zapatos al entrar a la casa. Yo por suerte tenía chanclas puestas, pues fuera de la casa hacía frío y estaba mojado pues había acabado de lloviznar.
Afuera los carros y el bus en que transportan a los niños, estaban saltando por la calle, y la casa, grandísima, fabricada de pura madera bien gruesa, temblaba como que si fuera hecha de papel. ¡Estaba segura de que todo se iba a caer! El temblor fue como un 6... Todos se pararon alrededor de los carros, tratándose de agarrar, para que no nos fuéramos a caer. Era tan fuerte que era difícil estar parado. Yo de una le envié un mensaje a mi mamá a Suecia y a mi novio que estaba en Kashiwa, para decirles que hubo un temblor tenaz, pero que estaba bien.
Terminó el temblor, sólo para llegar otro, de la misma magnitud. Y luego otro, y otro, y otro... Los siguientes temblores eran más y más suaves, pero el resto del día y noche, no bajaron de un 4. Algunos de los estudiantes regresaron a sus casas apenas se apaciguaron un poco las réplicas, así que nos quedamos 12 personas. La mitad, entraron al bus para calentarse, porque comenzó a nevar e hizo muchísimo frio. Los otros cinco y yo, entramos a limpiar la casa, pero como seguía temblando horrible como cada 5 minutos, nos tocaba salir y entrar de la casa, y así ir limpiando. Esa noche tiramos colchones en el cuarto al lado de la entrada, para todos dormir juntos allí, listos a correr. Afortunadamente sólo nos tocó salir corriendo una vez, como a las cuatro y media de la mañana. De resto pasamos la noche con temblores por ahí de un 3 o 4. Claro que ahora con miedo de que fueran a aumentar, así que no pudimos dormir mucho.
Trantando de calentarse dentro de un autobús
Como la tele se dañó, no podíamos ver imágenes de la catástrofe en Sendai y las otras ciudades por la costa, pero podíamos oír, pues el sonido todavía funcionaba y escuchamos también la radio. El viernes por la noche y el sábado tuvimos Internet también, así que pude ver imágenes por mi Ipod. ¡Qué horror! ¡Nosotros sí que tuvimos mucha suerte! La casa no se cayó, teníamos donde dormir, comer y bañarnos. Los siguientes días la Internet no quiso funcionar,
así que leí las noticias por mi celular que tiene acceso Internet. Así me pude comunicar con el mundo, y me comenzó a escribir y a llamar la prensa sueca... No sé en cuántos periódicos, canales de tele y radio salí, ¡qué locura!
Apenas oímos del accidente en las plantas nucleares, nos comenzamos a preocupar, yo más que todos. El “papá” de la casa me tranquilizaba, diciendo que estábamos a 70 km de las plantas, que no había por qué alarmarse, que todo estaba bien. Pero yo bien estresada ¡Quería salir de allá de una! Al otro día, sábado, nos manejaron a otra niña y a mí, hasta la estación de la ciudad Iwaki. Fuimos a ver si el tren andaba, pero nos miraban como si fuéramos idiotas ¡Obvio que el tren no andaba! Fuimos a la entrada de la autopista, a ver si el bus pasaba, pero resultó que estaba cerrada para que los transportes de emergencia que iban a las plantas nucleares y a rescatar a la gente al norte, no fueran parados por todos los carros tratando de escapar. Así que tuvimos que volver a la granja y me quedé muy triste.
Reparando el techo después del temblor
Nos quedamos en la finca, como atrapados, sin poder salir. No había buses ni trenes, y la gasolina se acabó. No iba a llegar gasolina de nuevo al pueblito hasta en otras dos semanas. ¿Dos semanas? Yo casi entro en pánico, ¡Me quería ir ya! Los celulares casi que no funcionaban, no teníamos red, o si teníamos igual era complicada la comunicación, pues todos llamaban al mismo tiempo. ¡Era horrible! Lo único que quería era ver a Masaki, mi novio. Quería volver a nuestro apartamento, donde nos habíamos mudado hace ni siquiera un mes... Y él allá en Kashiwa, sin poder ayudarme, sin poder salir del trabajo. Afortunadamente como él trabaja en la fuerza marina, en un aeropuerto de la defensa aquí en la ciudad, no lo mandaron al norte para rescatar la gente. Claro que él quería (y todavía quiere) ir a ayudar, pero como necesitan tenerlos en ese departamento por si algo pasa, le toca quedarse.
Masaki y yo nos mandábamos mensajes por el celular varias veces todos los días, y cuando podía lo llamaba. Y él en la casa, bregando a encontrar maneras de sacarme de allí, pero era imposible. Nuestro apartamento estaba bien, me dijo; únicamente fue la tele y el hervidor de agua que se habían caído. Gracias a Dios sólo pasó eso, y no le sucedió nada a Masaki, que había estado en el trabajo cuando ocurrió el terremoto. En nuestra ciudad fue un 5 escala Shindo.
El lunes 14 de marzo, el papá de la granja nos dijo que la comida y el agua del pueblo se iban a acabar en unos días. Nos tocó llenar un tanque con agua para los animales, más todos los baldes que podíamos encontrar y botellas para nosotros, que por alguna razón no habíamos botado. Como tienen una vaquita y 400 gallinas, por lo menos teníamos leche y huevos. Pero luego ¿qué más? Esa noche llegó una amiga con sus dos bebés a quedarse con nosotros pues el agua de su casa ya no funcionaba.
Por fin, el martes 15 de marzo, pude salir. Esa mañana, anunciaron en el pueblo que las cosas en Fukushima estaban aún peores. A la gente ubicada a 30 km a la redonda de la planta nuclear, les advirtieron no salir, y si tenían que hacerlo, ponerse una máscara para taparse nariz y boca. También cerrar ventanas y puertas, no colgar ropa afuera y tener cuidado con la lluvia. Nosotros estábamos a 70 km de las plantas, pero para estar más seguros, nosotros también seguimos los consejos.
El “papá” salió a buscar gasolina. Éramos 6 personas que necesitábamos salir. Regresó por ahí una hora después con ésta, y contactó al esposo de la señora que llegó el día anterior para llevarnos a la estación del Shinkansen, el tren súper rápido de Japón. Como a las 4 de la tarde llegó. Nos sentamos nosotros 6, más los papás de nuestro chofer. Nueve personas en un minibus hecho para 6... ¡Y por fin nos fuimos! Este viaje, que normalmente se demora 2 horas, duró más o menos 3, por lo que las autopistas estaban cerradas y toda la gente quería salir. Se oscureció, comenzó a llover y teníamos que andar bien despacio. Perdimos el tren que iba a las 6 y 30, luego el de las 7, el de las 7 y 30 p.m., pero por fin llegamos. No hubo problema para conseguir billetes, y salimos corriendo para poder sentarnos y no estar parados la hora que nos demorábamos en regresar a Tokio.
Montamos en 2 trenes. Estaba preocupada porque la ultima línea que tenía que coger no fuera a estar abierta como me lo había dicho Masaki (él tiene que cogerla para ir al trabajo, pero ahora le toca es ir en bicicleta 30 minutos). Tuve suerte, ¡estaba abierta! Por fin llegué a mi casa. Masaki estaba en el trabajo. Mi celular empezó a sonar sin parar. La prensa sueca me estaba persiguiendo. Por fin, a la una de la mañana, después de lograr bañarme y hablar con mi papá, apagué el celular para poder dormir.
Al otro día mi celular no dejaba de timbar. La prensa de Suecia, las embajadas colombiana y sueca, mis papás. Pero más que todo la prensa. Toda Suecia preocupada por mí; que si había logrado escapar de Fukushima, que cómo estaba, que qué dicen los noticieros japoneses, qué dice la gente, que si tienes miedo, vas a volver a Suecia, qué opinas de las noticias, de la radioactividad y un millón de preguntas más que no sabía contestar.
Antes de llegar a casa, escuché que la gente estaba comprando comida y gasolina como locos, por eso no había gasolina en el pueblo donde estaba. Me preocupé por cómo iban a ser las cosas aquí, pues Kashiwa sólo queda a 25 km de Tokio, y en Tokio los almacenes estaban vacíos.
Salí de la casa y vi que todavía andaban carros, aunque no tantos como antes. Mucha gente afuera, como siempre, pero nadie con máscaras; al parecer no están muy preocupados por la radioactividad. Llegué al almacén y lo primero que vi, fue la sección de frutas y vegetales. Todo normal, como siempre. “Bueno, de pronto aquí la cosa no está tan mal”, pensé, y seguí para buscar lo que necesitaba, sólo para ver que todas las conservas, pan, agua, arroz, harina de trigo, etcétera, lo que dura mucho tiempo, se había acabado. Afortunadamente en la casa todavía había demasiado, y no necesitaba tantas cosas. Pero gracias a Dios que compré dos paquetes de leche en vez de uno, porque al otro día ya no quedaba nada. Papel higiénico tampoco hay todavía. Si se acaban más cosas y no llegan nuevas, mis amigos en Osaka y los papás de Masaki que viven en el sur en la isla Kyushu, departamento de Fukuoka, nos mandarán lo que necesitemos. Cuando volvimos del almacén, vimos una línea de carros de más de un kilómetro, todos esperando comprar gasolina.
Según las noticias y las embajadas colombiana y sueca, no tenemos que preocuparnos, que sólo es en unos 20 - 30 kilómetros de las plantas que debe alejarse. Pero es difícil saber qué creer. El gobierno japonés no dice toda la verdad, así que únicamente creemos en una parte de lo que dicen. Pero parece que por ahora estamos seguros aquí. Si las cosas empeoran, iremos a la casa de los papás de Masaki, y si se agravan aún más, depronto nos iremos a Suecia o a Colombia, ya que la embajada colombiana le dijo a mi tío que nos pueden evacuar a Colombia si queremos. Pero por ahora nos quedamos aquí, a ver qué pasa pues no nos queremos ir; acá tenemos casa, trabajamos y está nuestra vida. Si nos vamos, los dos estaremos sin trabajo, sin plata. Así que no tenemos otra opción más que esperar.
Refugio improvisado cerca a la puerta, listos a correr
Desorden y daños que dejó el terremoto dentro de la casa
Las calles se agrietaron
Fotografías: Margarita Palmqvist Jaramillo